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MEDICAMENTOS Y SOCIEDAD
Ceferino Sánchez, APANAC
En las últimas décadas los medicamentos han dejado de constituir un elemento terapéutico de uso exclusivo de los profesionales de la salud para convertirse en un elemento cultural y un objeto de consumo.
Cuando los medicamentos no se usan para solucionar un problema médico o de salud, sino para alcanzar niveles de bienestar y mejoramiento personal, se habla del uso social de los medicamentos, uso que se asocia generalmente con un cierto estilo de vida. Existen drogas de uso social llamadas drogas recreativas, que no tienen utilidad clínica, y que son ilegales (éxtasis, cocaína) o legales (alcohol, tabaco). Ciertos medicamentos legales son usados para mejorar ilegalmente el rendimiento atlético (esteroides anabólicos, eritropoyetina) y podrían también ser considerados de uso social. Sin embargo,
los verdaderos medicamentos de uso social son aquellos que tienen un uso médico aceptado, pero que se usan también para satisfacer opciones sociales lícitas. Son drogas tales como sildenafil, orlistat, bupropion, paroxetina y fluoxetina, minoxidil y otras. El empleo de estas drogas se debe a la aparente necesidad de alterar la apariencia, la capacidad física y mental, y aun el carácter y la conducta. El uso social de estas drogas ha sido influenciado
por una fuerte promoción de la industria farmacéutica, a través de campañas de propaganda directa a los consumidores, el apoyo a grupos de pacientes y familiares y a un gran esfuerzo promocional con los profesionales de la salud. También ha influido la llamada democratización de la información médica, en especial el acceso a Internet. La cultura de usar medicamentos para situaciones no muy bien definidas se debe a la aceptación de que nadie es completamente normal y que aunque la mayoría de las personas están sanas siempre pueden estar mejor, sobre todo si se manipula el concepto de lo que es normal. El resultado de esta mezcla de querer estar mejor y la intensa promoción comercial es la llamada medicalización del los descontentos y el auge de lo que se ha denominado la Farmacología del Confort. Esta compleja situación ha provocado que exista una tendencia a diagnosticar o inventar enfermedades o síndromes difíciles de justificar. En muchos casos
se inventan nuevas enfermedades para las drogas existentes, cuando lo correcto seria inventar drogas para las enfermedades conocidas.
Además del impacto económico del uso social de los medicamentos, esta situación está cambiando nuestra cultura, representa un desafío a los sistemas de salud, afecta la relación médico-paciente e incide en el autodiagnóstico y la automedicación.
Este fenómeno podría ser interpretado como una paradoja, derivada, quizás, de la propia definición de salud de la OMS que la define como un estado de completo bienestar físico, mental y social y que, por lo tanto, la enfermedad puede ser cualquier cosa que se desvíe de este estado de bienestar total.

